
(Al final) 300 de la (re)pública (por necesidades del servi..)
Cuando Leónidas acabo de redactar el cupo para la batalla sintió como un hormigueo en el estómago. Pero enseguida se sobrepuso. Al final, tirando por lo bajo, habrá matriculados por lo menos 100.000 persas. Si yo pido solamente 3000 funcionarios, aunque me coloquen unos miles de interinos…
Al amanecer le despertó el mensajero de los meforros de Espinetes llegados desde la madre patria. Antes de leer el mensaje que, aprovechando las nuevas técnicas, le enviaba el meforro de adiestramiento, no pudo evitar detenerse a admirar el soporte de la información. En vez de los mugrientos papiros habituales venía todo en unas planchas de plomo que, eso sí, pesaban un huevo. Y todo adornado con grecas, figuritas y cenefas. Claro, por eso había tardado el mensajero tres días más.
Cuando pudo apartar la vista de aquellos oropeles no dio crédito. Le concedían “cuatrotrescientos”, que al final son 300. A esto se añadirían unos tebanos y tespianos interinos en numero “que ya se verá”. Que sí, que había muchos que querían ir, comentaba el meforro, pero no había para espadas. Y él, si no eran las espadas de su taller favorito, prefería ir con un palo. ¡Y como eran tan caras! ¡Y como él no iba!
Murmurando un “¡Si será…!, ¡si será…!” empezó a hacer sus cuentas. Le tocaba a minuto por persa. Y eso que con los fenicios y los jonios aún se entendía uno, pero con los etíopes y los egipcios… y los bactrianos que venían muy mal educados. ¿Y qué ocurre? Pues que te da tiempo a darle un empujón y decirle “¡Oye tú!” y como tardas media hora en volver se te aburren y montan bronca. Y los etíopes que si les haces más caso a los egipcios y los hindúes que si los árabes son tu ojito derecho, y el follón. Y el meforro: “que no, que no, que os ponéis unas horitas más…”
De todo esto se acordaba el pobre Leónidas maldiciéndose por estar en la pública pudiendo haberse ido a jonia a ponerse a las órdenes de algún sátrapa de los que se forraban haciendo trabajar a sus súbditos de sol a sol mientras igual les llevaban vino al despachín que repartían mamporros entre “los matriculaos”. Y siempre te llegaba la “bolsita” del Rey.
Pero, como no hay mal que por bien no venga, pronto se vio en pleno combate y le salían unos mandobles buenísimos de pura mala leche. Eso sí, se estaba pelando los codos de darse contra la roca. “Y mira que les dije que me hicieran el desfiladero más ancho que aquí no se cabe…”. El meforro tenía respuestas para todo: “Mira, en esto tienes hasta una ventaja. Porque como está más estrechito te vienen de pocos en pocos”.
Y ahora, ¿qué pasaba? Pues sí, que cuando parecía que había puesto un poco de orden, a los persas se les estaban matriculando más. ¡Pero si no se vale! ¡Que ahora el meforro no me manda más plantilla!. Ah, pues ahí no los vamos a dejar, que luego nos saquean los campos y se dan a la bebida.
En estas estaba cuando notó un golpecito en la espalda. ¡Y ahora qué! Señor, que los foceos se retiran, que se les ha acabado la sustitución, como son interinos… ¡Pues pídeme otros! ¡Huy, si los mandan, mínimo quince días! ¿No se acuerda de que para los últimos muertos no mandaron porque, una vez muertos, se olvidaron de rellenar los papeles para pedir la baja?
¡La gran chingada! ¿Sabes que te digo? Estoy deseando que me jubilen los persas ya mismo. Y con estas se desplomó con una sonrisa pícara en su rostro. Aunque al final se le torció. Y es que estaba pensando “¿Al final llevo veinte años cotizados…? Porque yo empecé en el gamelion y el contrato me lo hicieron hasta el muniquion y, como estuve cautivo tres años que no cuentan…”
“Bueno, pues este año está salvaó”. Así comentaban los esbirros del meforro de adiestramiento mientras volteaban las palas sobre la tumba del Leónidas. “¡Y se quería jubilar!, si está hecho un chaval. Esto con unas vacaciones…”
¡Qué poco esperaba Leónidas, en su plácido viaje por el reino de los muertos, al lado del simpático Caronte, ¡tan calladito y tan formal!, mientras éste con su pértiga agitaba el fondo de la laguna…! “¡Leónidas!, ¡que te quedan cuatro años!”. Y en ese momento pasaba, haciendo casí zozobrar al pobre Caronte mientras mostraba su dedo anular inhiesto y sus ojos centelleantes, pasaba, digo, una motora en cuya cubierta los afortunados que se habían podido pagar una privada en vez de la pública de Caronte festeaban tomando néctar y ambrosía y otros productos prohibidos a los mortales… sin recursos.
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